Sistema de información sobre sequías para el sur de Sudamérica (SISSA)

Como administrador de SISSA, el IAI contribuyó al impacto de su sistema de información. El Sistema de información sobre sequías para el sur de Sudamérica (SISSA) integra servicios meteorológicos, universidades y agencias para pasar de mapas a acciones en agricultura, energía y navegación. De esta manera, el Cono Sur gana semanas de anticipación para ajustar siembra y riego, programar planes nacionales de sequía y evitar varaduras en el transporte fluvial.

  • El Sistema de Información sobre Sequías para el Sur de Sudamérica (SISSA) aportó insumos claves para que estos países desarrollen sus planes nacionales de sequía.

  • El SISSA provee continuamente herramientas e información sobre las sequías y sus impactos a gobiernos, instituciones no gubernamentales y privadas, e individuos.

  • Este sistema de información es una infraestructura de conocimiento para reducir la vulnerabilidad y tomar medidas anticipatorias y precautorias ante el riesgo. 

En 2021, el río Paraná, columna vertebral del comercio fluvial del Cono Sur, bajó como pocas veces en décadas. En puertos de la cuenca del Plata, barcazas y remolcadores recalcularon cargas, rutas y costos; miles de productores temieron que la cosecha no saliera a tiempo. No fue un hecho aislado: entre 2019 y 2022, la cuenca vivió una sequía severa con bajantes extremas en sus ríos. Para millones de personas de Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay, aquello convirtió la palabra “sequía” en una amenaza concreta a su trabajo y a su ingreso.

¿Qué cambió desde entonces? La región organizó mejor su ciencia para la decisión pública. El Sistema de información sobre sequías para el sur de Sudamérica (SISSA) articula servicios meteorológicos e hidrológicos, universidades, agencias y sector privado para monitorear y predecir la sequía, anticipar impactos y traducirlos en acciones para agricultura, hidroelectricidad y transporte fluvial. Es, en esencia, una infraestructura de conocimiento para reducir vulnerabilidad y ganar tiempo ante el riesgo.

Ese “tiempo ganado” nace de herramientas concretas. En su portal, SISSA integra mapas y visualizaciones que muestran el estado actual e histórico de la sequía, junto a pronósticos operativos. Entre los insumos destacan índices como SPI (precipitación estandarizada), percentiles por escalas temporales (3, 6, 12 meses) y productos basados en series como CHIRPS/GEFS para horizontes de 15 días, útiles para decisiones de siembra, riego o cosecha.

El enfoque no es solo técnico: es sectorial y co-diseñado. En agricultura, talleres con usuarios mostraron cómo transformar datos en decisiones (por ejemplo, con calendarios de manejo, alertas por estrés hídrico, ajustes logísticos). En hidroelectricidad y navegación fluvial, la priorización de variables y “umbrales de activación”, es decir, cuando un indicador dispara un protocolo, acelera la coordinación entre operadores, autoridades y puertos. El propio SISSA documenta impactos y acciones de mitigación para el transporte fluvial, un sector hipersensible a las bajantes.

La utilidad práctica se observa también en lo institucional. A partir de esta plataforma, los países del sur de Sudamérica cuentan con insumos para planes nacionales de sequía y, en el caso de Argentina, una propuesta de Plan de Acción para la gestión integral del riesgo. La ciencia no se limita a describir el fenómeno; ayuda a normar procedimientos, organizar responsabilidades y ordenar inversiones.

El valor, sin embargo, no depende solo de algoritmos o mapas. Depende de su sostenibilidad. Los Servicios Meteorológicos e Hidrológicos Nacionales (SMHNs) de la región arrastran restricciones de presupuesto y personal que amenazan la continuidad de productos una vez que terminan los proyectos de financiamiento. La lección es clara: sin líneas presupuestarias estables, la ciencia se vuelve intermitente y la intermitencia es la enemiga del sistema de alerta.

Por eso, si queremos que la ciencia resuelva (y no solo explique) las sequías, hay tres movimientos ineludibles. El primero es darle casa y presupuesto al servicio científico. No alcanza con un portal y buenos mapas si cada año hay que “reinventar” el equipo. Hace falta anclar SISSA en los servicios meteorológicos e hidrológicos con partidas estables, perfiles profesionales dedicados (hidro-agroclimatología, ciencia de datos) y reglas claras de interoperabilidad entre países. Cuando el back-office funciona, la respuesta en el territorio deja de depender del voluntarismo.

El segundo movimiento es convertir indicadores en decisiones. Un índice que baja o un pronóstico que alerta no sirven si nadie sabe quién hace qué y cuándo. Por eso importan los umbrales y los SOPs: semáforos simples y acuerdos operativos que, al cruzarse cierto nivel, disparen acciones específicas en agricultura, hidroelectricidad o transporte fluvial. No es teoría: es co-diseñar con usuarios el “si pasa X, entonces hacemos Y”, con responsables y tiempos definidos. La diferencia entre ver venir la bajante y manejarla está en ese papel firmado.

El tercer movimiento es rendir cuentas. La ciencia aplicada se mejora midiéndola: ¿cuánta anticipación útil entregó el pronóstico?, ¿con qué precisión por horizonte y por país?, ¿qué decisiones públicas o privadas se apoyaron en esos productos y con qué resultado? Establecer KPIs y evaluaciones post-evento no es burocracia; es aprendizaje institucional para la próxima sequía.

Si se consolidan estas tres piezas- financiamiento estable, protocolos activables y métricas de desempeño-, la ciencia deja de ser un relato posterior a la crisis y se vuelve infraestructura de decisión: la diferencia entre padecer la sequía y gobernar su impacto.

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